Silbando al trabajar - Cómo gestionar las críticas destructivas
En el mundo profesional siempre dependes de alguien. Aunque seas tu propio jefe (pues un cliente te acaba mandando) o si eres un cuenta ajena, siempre hay alguien que te puede chorrear.
No es agradable llevarse un moco. Evidentemente a nadie le gusta que le digan que lo que hace -dando por supuesto que lo hace de la mejor manera y con buena fe- sea criticado negativamente, mal interpretado o, peor aún, juzgado.
Pero llega un momento en la vida profesional de uno, especialmente cuando toda la experiencia que has acumulado bien puede convertirse en enseñanzas para otros, en que ya tienes la capacidad y conocimiento necesario para diferenciar cuales, de esos mocos, son justos y cuales son injustos. Con los últimos poco se puede hacer, más que olvidarlos, puesto que no te van a reportar absolutamente nada más que una úlcera, insomnio o dolor de cabeza así que pueden, y deben, ir directamente al saco del olvido. Las únicas cosas que realmente necesitas gestionar de algún modo son los chorreos justos. Los que bien encajados pueden beneficiarte de algún modo y, normalmente, será en una mejora profesional: una mejor respuesta para un escenario similar en el futuro.
La única pega de estos es que para quién los profiere habrás hecho una cagada y producirá que su visión de ti se menosprecie. (Alguien podrá decir que no tiene porque ser así, que puede ser una crítica cariñosa con el afán de ayudarte a mejorar. Pero no. Yo estoy hablando de los chorreos, los mocos, las críticas en forma de puya. Los otros, evidentemente, ya llevan implícita una carga de mejora asociada).
Pues nada, bienaventurados los aludidos porque de ellos será el reino del mejor y más feliz trabajador.
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